domingo, 23 de marzo de 2014

Coleto que no es de tomar, déjalo pasar.

Ya se había hecho de noche y era momento de retirarme a mi casa después de un día bien movido. De la pega me pasé a la casa de mi polola, ella me invitó a una fiesta familiar en la cual se celebraba el cumpleaños a esos familiares que no se ven muy seguido y que no entiendes qué parentesco o posición tiene en la familia. Tomé bastante, por no decir mucho, aunque lo suficiente para no borrarme, ni caminar en zigzag, más que mal, al otro día tenía que trabajar. Hice la ronda cortésmente del beso o el apretón de mano según correspondiera a cada miembro de la familia, más que mal era casi un nuevo miembro, aunque ni hablar de matrimonio.




Era un día de invierno y de esos que no se ve una chasca en la calle. Mi polola me fue a dejar al colectivo que me deja en la casa, y que típicamente esperan los conductores como los billetes a que se les entren solo a su billetera y después partir. Esperaban en una ronda de sopaipillas, té y cigarros. Menos mal había un auto al que le faltaba un pasajero para partir, así que me despedí de mi polola, ajusté mis audífonos y me subí. La lluvia ya no dejaba ver para afuera, así que pagué mi pasaje y manifesté al conductor dónde bajaba, pagué mi pasaje y me despreocupé de los demás. Minutos después y varias calles avanzadas, me llamó mi vieja preguntándome si ya venía, eso me sirvió para aterrizar a la realidad de aquel día de invierno.


La lluvia había bajado, al igual que dos de mis acompañantes del viaje, solo quedaba el pasajero que iba de copiloto y yo. Me bajé de las aventuras musicales de mi celular y me avoqué a la ventana, ya se podía ver algo hacia afuera. Aquel recorrido del colectivo nos llevó por una calle poco transitada que no conocía, así que buen panorama para pasar el viaje y agregarla a mi mapa mental. Ya llegando a una esquina me llamó la atención una casa que estaba por mi lado, bien cuidada y guardaba los mejores recuerdos de sus años pasados. Fuera de ella estaba una señora barriendo la calle, o eso es lo que parecía. La detención del auto me dejó apreciar más detenidamente la escena. A través de la noche vi como ella me miró a los ojos mientras hacía lo suyo. Pensé que era de esas miradas veloces que se apagan por la vergüenza, pero no, me miró durante el tiempo que el auto estuvo detenido ahí y que no fueron más que segundos. Al reanudar la marcha, me quedé pensando en esa casa bien conservada, al mismo tiempo que miré la hora en el reloj digital del auto, las 22:13. Cuando el volantín de mis pensamientos estaba tomando vuelo con las cosas que debía hacer mañana, y aun contemplando por la ventana, en un momento me pareció volver a pasar frente a aquella casa con la señora. Cegado de alguna manera por mis pensamientos, no tomé mayor importancia, ya que pensé que podría ser algún parecido arquitectónico de las casas del sector. El trayecto siguió hasta allí con normalidad, cuando en la siguiente esquina vi repetirse la misma casa y la misma señora, esta vez el auto no se detuvo. Esta vez le di un poco más de importancia. No alcancé a razonar un minuto más cuando se me repitió la misma escena, fue ahí donde me alerte y tomé atención que era la misma señora y la misma casa, precisamente la misma. El auto otra vez no se detuvo. De un momento al otro comencé a entrar en calor, sabía que no estaba loco ni ebrio, más que mal fueron algunas copas y nada más. Más grande fue mi impresión cuando nuevamente se apareció esa casa y esa señora, que en una pasada rápida, me alcanzó a mirar a los ojos.


Ya en ese momento no lo podía creer, miraba hacia todos lados, miré la hora en aquel reloj digital y casi al borde de un infarto quedé cuando vi que era aún las 22:13. Hasta ese punto mi día había dejado de ser normal, así que para tratar de distraerme y usar la estrategia mundial de hacerme el que no había visto nada, me enfoque en la conversación del chofer y el copiloto. Ellos hablaban de farándula y cosas de la tele, que sólo por la ocasión me obligué a interesarme. En eso estaba cuando otra vez lo mismo y más encima la hora no avanzaba. Ya no podía más, me eché hacia tras y cerré los ojos pensando en esa idea egoísta de “no me puede estar pasando a mí”, pero así era. No quise abrir los ojos hasta que sentí que el auto dobló. Sólo por precaución abrí y cerré los ojos rápidamente y al percatarme que era otra calle, los abrí completamente. Exacto, era otra calle, así que me tranquilicé un poco, pero no se me iba el asombro y buscaba respuestas para lo que había vivido. Lo atribuí a esas piscolas que me habían relajado… es lo que quería creer. Las calles ya se me hicieron familiares, era la señal que mi casa ya estaba cerca. No quería contarle a nadie de lo que pasó, pues no quería pasar como borracho o loco. Menos mal que mi vieja me esperaba a la bajada, ya que aún estaba con escalofríos. Me bajé y mi vieja me dijo que por qué venía tan tenso, le expliqué que no era nada y que estaba cansado. Para cambiar el tema, dar vuelta la página y para asegurarme que estaba todo bien, le pregunté la hora a mi vieja, ella me dijo las 22:14.

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